viernes, 1 de diciembre de 2006

33.Día 13: ¿TRABAJAR DE VOLUNTARIO O VOLUNTARIAMENTE TRABAJANDO?

Yo lo tenía clarísimo: "No me vuelvo a embarcar en ningún proyecto como voluntario. La próxima vez será cobrando", y es que ya me estaba empezando a sentar mal el que sistemáticamente se menospreciara mi tiempo de trabajo (en España y Kenya) y mis posibles habilidades por el hecho de ofrecerlas voluntariamente. Me sentía preparado y válido para aceptar encargos que existían, pero para los cuales no contaba por mi condición de "bulto", o "paquete" o de "voluntario". De todas formas ese día lo iba a dedicar a hacer el diseño del catálogo, y me hacia cierta ilusión dejar de sentirme un estorbo para hacer algo útil. Cuando llegue a la casa de las hermanas, antes de ponerme manos a la obra, hablamos del viaje a Marsabit, el cual nos venía de perlas para nuestro documental. Luego me enseñaron el cuarto en el que me alojaría si al final se decidía que era mejor vivir con ellas y me encontré que habían preparado la habitación y encima de una mesa había un portátil (con una tela para cubrirlo del polvo), una botella y un vaso de agua. Me dieron la llave y me dijeron que allí nadie me molestaría y que si tenía algún problema o necesidad ellas estarían por allí cerca. Por muy insignificante que pareciera, que se me tuviera en cuenta de esa forma me dio la vida. Nada más que por eso, les iba a hacer un catálogo que se iba a cagar la perra.

32.PEOR EL REMEDIO DE LA ENFERMEDAD

Tenía yo el cuerpo raro, pero el ánimo bien arriba, estaba con una confianza en mi mismo y unas ganas de trabajar inéditas. Sin embargo esa noche no pude dormir por las extrañas pesadillas en las que parte de mi familia y de mis amigos estaban conmigo aquí y morían a manos de bandidos en la puerta de la misión. Estas alucinaciones eran parte de los efectos secundarios de "Lariam", la pastilla que semanalmente me tomaba para evitar una posible malaria, y que el gobierno te da gratuitamente cuando vas a un país de riesgo. No existe la vacuna contra este mal, ni tampoco ayudas a la consecución de la misma. Algunos investigadores (en el libro que me dejo el padre John) cuentan su dura experiencia sin medios, mientras los laboratorios farmacéuticos destinan fondos a cuestiones de muchísima menor relevancia, mientras se lucran con toda la gama de fármacos que además te proporcionan todo tipo de efectos secundarios. Hay personas que lo toleran bien, pero a mi me dejaba el cuerpo regular y me creaba insistentes pesadillas, por lo cual, decidí dejar de tomar la pastilla, de la que además la gente aquí hablaba fatal y había incluso experiencias de muerte. Mi guerra particular contra los mosquitos cobraba nuevas e interesantes dimensiones.
Y en lo que respecta a vosotros, amigos y familiares queridos del alma, me gustaría que prometierais que no vais a morir hasta dentro de muuuuucho, a poder ser después de mi, y de hacerlo antes, que seáis discretos y silenciosos, tras haber acumulado una abultada herencia a repartir entre pocos. Es difícil hacer una broma de esto, no sabéis lo mal que se pasa.

31.Día 12: UNA CUESTION DE DIGNIDAD

No voy a relatar la de veces que se fue el suministro de agua, o de luz, pues seria aburrido, ni la de veces que la gente me pedía dinero o cosas, ni tampoco las "trampas" que me creaban para comprometerme a colaborar económicamente con proyectos, ideas, etc. Era habitual, sin embargo ese día me lleve una gran sorpresa en la reunión con los aspirantes a misioneros cuando se precipitaron y revelaron claramente que toda la parafernalia de crear un proyecto para el grupo de jóvenes, era tan sólo una excusa para que yo les mandara dinero desde España incondicionalmente. Se pusieron muy duros, y casi me exigieron aceptar un compromiso económico sin haber empezado siquiera a hacer nada. Puedo comprender que se busquen escapatorias, y un blanco siempre es una oportunidad, pero que fueran los aspirantes a misioneros los que crearan la trampa y que fueran tan sucios me decepciono un poco. Yo defendía que se olvidaran de buscar financiación hasta que se creara algo que mereciera la pena de verdad, y que yo personalmente no me comprometía a nada porque no tenía medios y porque no tenía argumentos para confiar en el proyecto ciegamente. Ese posicionamiento destruyó fulminantemente para ellos todo lo demás, a saber: todas las buenas intenciones, el proyecto que ya estaba diseñado, y nuestra relación de camaradería. Con cierto mal sabor de boca fui por la tarde a la reunión de los scouts. En un cuartito que había decorado con fotos y posters el jefe, nos juntamos un grupete de 12 chavales de 12 años de media, mas algunos pequeñajos. Me enseñaron lo que hacían, y hablamos un poquillo sobre las diferencias de nuestros grupos y de sus campamentos donde todo lo hacían ellos con palos y maleza (tiendas, fuego, construcciones mínimas…), luego nos fuimos a jugar al lugar donde yo vi la flor de lis pintada en una chapa. Tras la misma había un descampado, que Michael (el jefe) se había reservado para jugar y hacer talleres con los chavales. Que un mzungu (un blanco) acudiera y llevara consigo una pañoleta no era algo cotidiano y por ello de camino al sitio se nos fueron adhiriendo chavales que finalmente participaron de la reunión con nosotros. Michael, que era perro viejo supo aprovechar la ocasión y se saco de la manga sus mejores juegos y triquiñuelas, que hicieron las delicias de los chavales. Tenía una relación como de abuelo con los niños y sus juegos eran tradicionales, con pañuelos, piedras y otros objetos, yo hice también algo de lo que sabía. Luego ensayaron formaciones militares (marchas, posiciones, saludos) y finalmente nos fuimos a hacer una foto todos juntos a una tienda de fotografía. Durante el camino, ayudamos a unos chavales que intentaban desatascar el barro que impedía pasar las corrientes de agua al lado de su casa. Uno de los niños de los scouts me dijo que por eso eran scouts, para ayudar a la gente. Esos niños eran distintos, tenían una madurez especial, no escuche ni una sola petición de nada en toda la tarde. Que se respirara esa dignidad en el seno de mi asociación me lleno de orgullo, yo esa tarde me lo pasé pipa, y procuraría reincidir.

30.Día 11: QUE LEVANTE LA MANO EL QUE NO ESTE ENFERMO.

Desde las 9 hasta las 5 estuve trabajando sobre el catalogo de los productos de la escuela de mujeres. Mi compañero de equipo se llamaba Ignacius, un tío trabajador y silencioso, con el tiempo lo llegaría a admirar por su dignidad y su inteligencia. El era de Korogocho, pero no quería irse de allí, el amaba a su gente y su vida, el estaba cambiando las cosas desde dentro y a su manera. El caso es que estaba yo poco receptivo ese día para hablar con nadie. Estaba sufriendo "la revolución del cuerpo", pues cada parte de mi funcionaba por su propia cuenta. La comida africana me creaba unos gases tremendos, sentía frío y calor, dolor de cabeza intermitente… Cuando descubrí que tenia 38 de fiebre, me sentí un poco como cumpliendo con la obligación de ir a África y penar durante unos días, pero claro, no es que me esperara mimitos, pero la profunda apatía que despertaba mi malestar físico, pues tampoco. Pero es que aquí como todo el mundo esta enfermo siempre, pues claro, mejor sufrir en silencio a sufrir comentarios del tipo: "¿sólo 38 de fiebre?, yo tras la malaria he tenido dos periodos de diarreas, una gastroenteritis y haber si se me cura la infección de la uña del pie, aun así esta siendo un otoño llevadero, si te cuento lo del chiquillo de mi vecino…". Decidí relajarme un poco y me quede en casa solo. Esa noche vinieron dos "street boys", uno de ellos sangraba por la boca y tenia un tajo considerable en el brazo. Como si de un par de niños pequeños se tratara enseñaban la herida para ver si podía hacer algo. El chico se lavó y luego le puse una venda. Crysantus llego justo cuando ya se iban, y ante su falta de emoción, me explico que esa situación era normal, pero que no me preocupara de la herida del brazo, que lo complicado en ese caso eran los dientes, si se había fastidiado algo, seria imposible encontrar alguien que pudiera arreglárselo.
Después de cenar, sin que a nadie le impresionara lo ocurrido, vi como guardaban el jamón colgado tras una puerta. Me dijeron que era por las ratas, y me enseñaron las marcas de los mordiscos en el precario mobiliario de plástico de la cocina.
Si las circunstancias se empeñaban en continuar por esos caminos, no es que fuera a regresar curtido a España, es que ni mi madre sabrá reconocer al Rambo que llama a la puerta de su casa.

29.LAS VENTAJAS DE SER CURA EN KENYA

Yo pensaba que todas las misiones estaban situadas en los barrios marginales, encontrarme esa pedazo de mansión en un barrio residencial fue una sorpresa. Un jardín con fuentes y bonitas vistas, ordenadores modernos, sala de estar decorada con glamour… Allí nos recibieron los jesuitas armados de folletos y libros para mostrarnos su labor en cuanto al sida, os resumiré en breves palabras todo un discurso bien estructurado de una hora: hacen mítines, forums, escriben libros y se dedican a pensar sobre ello. El padre Danielle y Gino no tuvieron piedad en el turno de réplica. Yo comprendí que esa gente no había visto un enfermo de sida en su vida, ni prestaban atención a las familias, ni proyectos, ni nada. Vivían la vida padre a costa de sus estudios sobre el sida mientras cientos de personas morían a escasos metros de su puerta. Tras el coloquio que supieron dominar con toda la diplomacia y el buen hacer, nos invitaron a una buena cena. Nos echamos unas risas con esto de que placentero es un retrete donde puedes sentarte (por ciento que yo fui dos veces). Bromeando les dije a Dennis y Crysantus que por fin comprendía porque querían ser jesuitas. El silencio que prosiguió tras mi chiste, me dio a entender que lo que había dicho no era ninguna tontería. Pensándolo bien, aquí en Kenya si procedes de una familia humilde, te puede compensar el hacerte cura. Tienes los estudios universitarios pagados, un nivel de vida elevado, protagonismo social, actividad llevadera, vida cómoda y reconocimiento y admiración por parte de la gente (poder). Y si la vida de cura es demasiado dura, te puedes plantear dejarlo a mitad de camino. Hay un par de historias que son la vergüenza de los religiosos aquí; hace no mucho, al norte del país, murió un obispo a manos de un sacerdote al que se piensa que pilló robando dinero o con asuntos sucios. Hace unos años otra historia semejante acabo en el asesinato de otro superior. Es cierto que son casos aislados, y que no pueden empañar la labor que hacen los religiosos en Kenya, pero también es cierto que pese a las medidas de prevención, la iglesia aquí no escapa a ese olor a podrido que expiden todas las instituciones del país.

28.Día 10: EL MATATU LOCO

28.Día 10: EL MATATU LOCO

Era jueves y comencé ya el trabajo con las hermanas. Iba a realizar el catalogo, pero apenas pude hacer una introducción, pues nos habían invitado a la comunidad de Korogocho una comunidad jesuita para hablarnos de sus actividades en cuanto al sida, y teníamos que ir a la otra punta de Nairobi. Eran amigos de Dennis, y atravesamos todo el slum hasta terreno asfaltado para coger el "matatu". Como a esta gente no les gustaban las preguntas, decidí descubrir por mi mismo que era eso. Los mercados del slum son muy curiosos, y yo me distraía con cualquier cosa, hasta que escuche, ‼Corre que se nos escapa!!, sin saber a donde iba, apenas pude parar un segundo y decir ¿Esto es el matatu?, pero en realidad quise decir: ¿Aquí vamos a ir?!!. Me dieron la bienvenida la música a todo volumen, asientos apretados y cachivaches colgando por todos lados (yo me senté al lado del conductor). La única definición válida que encuentro es "especie de fragoneta tuneada", con dos empleados: el conductor y un secuaz que mantiene la puerta abierta y va gritando a la gente que el destino del Matatu, por si se quieren subir, y armado con un pedrolo golpeaba el techo cada vez que alguien se quiere subir. Si querías bajar debías golpear el techo mismamente (con la música no se escucha la voz). Con capacidad para unas doce personas íbamos a toda leche a ritmo de pitidos, chillidos y pedrolazos, mientras esquivábamos gente, bicicletas, otros vehículos aun por definir y animales de granja. Una vez fuera del slum, me di cuenta que no había ni pasos de peatones, ni semáforos, ni señales de ningún tipo, ni nada. Yo, que me hice creyente de golpe, y me puse a rezar mientras bajamos una cuesta a una velocidad del todo inadecuada para las circunstancias, vi cumplidas mis plegarias avistando al fondo un semáforo que para mi satisfacción absoluta se ponía en rojo. Conforme nos acercábamos comprendí que el conductor ni se había planteado siquiera la posibilidad de parar y atravesamos la encrucijada de caminos a toda leche haciendo que los coches de la perpendicular frenaran en seco. Todos los cruces eran así, el más valiente pasaba, un tipo de conducción agresiva total que yo llevaba un poco mal, sobre todo después de cruzarnos con dos accidentes. Había señales en las partes céntricas de Nairobi, pero yo nunca las he visto con menos autoridad que aquí. Decidí distraerme como fuera para no sentir ese vacío estomacal cada vez que tomábamos una curva, y observe que Nairobi era una ciudad bien bonita, con grandes edificios y grandes caseríos que ocupaban mucha extensión de terreno, pero lo mas llamativo para mi fue esa naturaleza exuberante con esas flores y esos árboles grandiosos por todos lados. Me quede asombrado y empecé a soñar como seria el viaje a Marsabit y la naturaleza fuera de la gran urbe que ya me tenia anonadado. Cuando llegamos al destino tras pasar ese laberinto de ciudad con ese engendro de calles disparatadas que para más INRI tenían el sentido de la circulación a la inglesa por eso de haber sido colonia. Salí escopetado del matatu y empecé a pensar en la elaboración de un videojuego a mi vuelta a España. En la parada de matatus los veía pintados de todos los colores, con todo tipo de combinaciones de luces traseras, pegatinas enormes de fútbol, religión, animales y todo lo estridente que se pueda llegar a imaginar. Era la primera imagen de una nueva vida. Me sentía como si hubiera vuelto a nacer.
Allí nos esperaban los jesuitas, que nos llevaron en coche a una ricachona zona residencial justo al lado de un slum. Ahora comprendería porqué bromeaban acerca de ese sitio la noche anterior, y lo llamaban "la vida Bourgeois"

27.Día 9: STREET BOYS

Esa mañana decidí ir con Dennis al proyecto de los niños de la calle, allí nos esperaban una veintena de chavales en una casucha del slum a punto de caerse en la que había una improvisada clase donde se procuraba que estudiaran swahili, inglés y matemáticas básicas. A los que mostraban progreso se les llevaba a la escuela. (Se probó llevar a todos a la vez, pero sencillamente hacían pellas o armaban jaleos). Pero la mayoría estaban fuera de la casa peleando, haciendo ruido y entraban y salían sin respeto ninguno hacia nada. Se podría decir que cuanto mas grandes son, mas asalvajados están y son los pequeños los que mejor responden a los estímulos de los trabajadores sociales del centro. Estos chavales duermen donde pueden y en gran parte son huérfanos, el programa de los padres combonianos les daba comida tras las clases, de todas formas los chicos tenían recursos propios. Hay dos elementos que acompañan al prototipo de "street boy": un saco en el cual meten todo aquello comestible del estercolero (sobre todo comida de las compañías aéreas y azucarillos), y su bote de pegamento, el cual esnifan de continuo. El pegamento es una mezcla de cola de carpintería y petróleo, algunas mujeres lo fabrican como negocio y su precio es tan asequible que esta al alcance de cualquiera. Está envasado en botes de plástico que los chavales sujetan con la boca mientras aspiran por la nariz. Los efectos: estar colocado todo el día, y dependencia de la sustancia. El programa ofrece para aquellos que deseen dejar la droga, la posibilidad de ir a un centro al otro lado de la ciudad en el cual residen al menos un año, y se procura la reinserción tras el abandono de la droga, sin embargo muy pocos conseguían salir realmente de su situación. Esa mañana la pelea era porque alguien había robado el zumo de frutas que uno consiguió encontrar en el estercolero, peleaban como adultos, pero lloraban como niños. Separarlos no fue cosa fácil. Era un proyecto muy complicado. No había muchos medios, y era complicado manejar tanta agresividad. No era fácil enseñar matemáticas a alguien completamente colocado.
Sin embargo había chavales encantadores, y que se tomaban las clases en serio y querían prosperar, entre ellos estaba Elvis, un niño muy inteligente y con grandes cualidades. Yo daría cualquier cosa por sacarlo de esa situación y proporcionarle un futuro. Me dediqué por la mañana a hacerles compañía y hablar con ellos. Por la tarde iríamos a jugar al fútbol a un descampado. A mi me toco en el equipo de los abusones (los grandes) y íbamos rotando con los equipos de los pequeños, los que lógicamente no tenían nada que hacer. La pelota se nos coló varias veces, había un par de chupones insoportables, y acabamos rendidos y exhaustos hablando de todo un poco al final. Ya se que suena a tópico, pero ¿acaso no es el fútbol el lenguaje internacional? Lo único que no me explico es como podían correr y jugar así con el bote de pegamento enganchado en la boca. Nuestro portero era un espectáculo dantesco, totalmente tirado y sin capacidad de reacción pese a los gritos y chillidos que le dedicábamos cuando llegaba el equipo contrario. Quedé en unirme a ellos otro día, pues Elvis y otro amigo suyo querían que les hiciera un retrato (por la mañana ya les pinté un par de cosas). Hablamos sobre el pegamento y me prometieron que ellos dos jamás lo probarían pues sabían que crea dependencia y después de eso no tendrían posibilidades de futuro. Si pudiera mentirme a mi mismo me conformaría con eso. Pero sabía bien, que harían falta muchas otras cosas para que las vidas de esos niños no acabaran en tragedia.